La competencia es una belleza. Por: Isabella Wills

Isabella Wills-Columnista- elBogotano

Una belleza muy necesaria.

No sé en qué momento querer ser el mejor en algo se convirtió en un deseo malo. No sé en qué momento nos comimos el cuento de que “en la cima, el panorama es solitario”, o en qué momento el empresario resultó siendo el malo.

Tampoco entiendo en qué momento los colegios empezaron a entregar trofeos solo por participar, para no hacer sentir mal al que pierde, siendo que perder es necesario para aprender a ganar. Si hasta en los videojuegos se marca la puntuación para determinar quién ganó, ¿por qué en el colegio, ya no?

¿En qué momento se empezó a premiar la pereza y la falta de ética? ¿En qué momento decidieron que lo más importante es buscar la igualdad, para lograr lo que ellos llaman la “justicia social”?

La verdad es que sí sé en qué momento empezó a pasar todo eso y también le puedo nombrar las naciones que se han encargado de imponer ese pensamiento, pero ahora la fecha y todo ese cuento es lo de menos; así que dejaremos este análisis para luego. El punto es que es necesario ponerle un freno a esto, o muchos países acabarán en un hueco.

No querido/a, no eres especial con el simple hecho de nacer, no te mereces nada sino solo aquello por lo que trabajas; no somos iguales, además, siendo diferentes es como podemos llegar a ser especiales.

Al mundo real no le tiene por qué importar tus sentimientos, lo que en verdad le importa son los resultados. En el mundo real no son recordadas las personas que intentan cumplir sueños, son recordadas las que convierten las metas en acción y en hechos.

Y entonces, ¿qué se necesita para eso?

Competencia para alcanzar la grandeza y ganar para inspirar a los demás.

Eso sí, la competencia no es para todos, o más bien, no todos quieren tomarse el trabajo de competir, aunque en el fondo también tengan sueños; pero el miedo a lanzarse y fallar en el intento, es superior a ellos y por eso nunca logran brindarle a la humanidad un beneficio real.

“Que la competencia es con uno mismo”, dicen todos sin vacilar, lo cual tiene su verdad, pues uno mismo determina hasta dónde quiere llegar. Pero para realmente inspirar a los demás, es necesario ponerse a prueba y superar obstáculos que otros no necesariamente quieran o vayan a superar.

Y es que competir no es fácil, por eso pocos lo hacen. Pocos, muy pocos, porque no todos están dispuestos a comprometer su ego y perder más de una vez delante de la gente; además creen que si no se logró el objetivo con el primer intento, ese sueño no era para ellos.

Para competir se requiere integridad, creer en lo “imposible”, determinación, intensidad, perseverancia, confianza en uno mismo, autoestima, disciplina, esfuerzo, dedicación, entrenamiento, estudio, propósito, integridad, sobre todo, integridad y ganas de ganar.

Tenga en cuenta que no se nace siendo perseverante o disciplinado, esas cualidades se van adquiriendo en cada paso. Por eso, es necesario arriesgarse y ejecutar lo que tiene y quiere hacer, así no se tenga claro qué pueda suceder. De lo único que sí puede dar fé es que cada vez que falle, siempre habrá algo de lo que podrá aprender para no volverlo a hacer.

Pero debe ejecutar teniendo siempre la mentalidad de ganar, pues si en el fondo piensa que tal vez perderá, seguramente eso pasará. ¿Y qué necesita para ganar? Nunca renunciar.

Compita y gane, o por lo menos busque ganar, porque solo los que ganan le brindan beneficios reales a la sociedad y hasta logran cambiar las cosas que están mal.

Compita y gane como el Sargento estadounidense Sylvester Antolak que en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, entró al campo de batalla con la mentalidad de ganar sin importarle que a sus cortos 27 años, llegaría su final.

Desde su trinchera corrió 30 yardas completamente solo, mientras decenas de nazis le disparaban. Su objetivo era tan claro, que en medio de miles y miles de disparos, parecía esquivarlos como si tuviese un poder que no es humano.

Y allí en el campo, recibió tres disparos, uno en la pierna y dos en los brazos. Pero ni eso le importó, tomó fuerzas de donde no las tenía para levantarse de nuevo y seguir disparando hasta llegar a la trinchera de los alemanes, para así derrotar al malo.

Su valentía y sus ganas de ganar eran tan grandes, que aunque al principio corrió solo, el resto de soldados se le unieron al ver su energía, sin saber que muy pronto su vida acabaría.

Antolak murió, pero en el camino logró contagiar a los demás con su visión de ganar, y gracias a sargentos como él y muchos más, la guerra se pudo acabar.

Compita y gane como Meryl Streep a quien le dijeron que no era lo suficientemente linda para ser actriz y hoy en día tiene 21 nominaciones al Óscar, la distinción más alta para cualquier actor que aspira a ser el mejor. Ella, a lo largo de su carrera se ha convertido en un referente para adoptar nuevas técnicas, y eso no lo logra cualquiera.

Compita y gane como Harrison Ford, el niño nerd y tímido que en el colegio descubrió que su misión era ser actor; y en sus primeros años cuando solo conseguía roles tan insignificantes que ni salían en los créditos de las producciones en las que participaba, la gente de Columbia Pictures le dijo que no tenía futuro para la actuación, y que era mejor que buscara otra vocación.

Aunque eso le dolió, él tenía muy clara su visión. Por lo que no le importó tener que limpiar pisos o hacer carpintería para pagar las deudas que tenía. Y a través de la carpintería, un día le instaló una puerta a Francis Ford Coppola, el reconocido director y guionista, quien después le ayudó a conseguir la audición de su vida.

A George Lucas se le presentó y para la legendaria película de Star Wars audicionó. Y así se ganó el papel que le dio las alas para volar, pues a Han Solo siempre lo vamos a recordar. Ese personaje le pertenece exclusivamente a Harrison Ford y nadie lo puede negar.

Atrévase a competir y a ganar como el billonario empresario Richard Branson, que a pesar de sufrir dislexia y de haber tenido un rendimiento pobre en el colegio, según sus profesores; hoy es dueño del Grupo Virgin, el holding que controla más de 400 empresas alrededor del mundo.

Sí, 400, porque cuando se quiere llegar a ese nivel de grandeza, las victorias se celebran con cautela, pues se sabe que sin importar toda la riqueza material que se pueda acumular, siempre valdrá la pena ir por victorias nuevas que ayuden a abrirle puertas a muchos más.

Tenga claro que a veces tendrá que competir y ganar sin esperar a cambio el reconocimiento de los demás, como lo hizo el soldado Edward A. Carter Jr. durante la Segunda Guerra Mundial.

El 23 de marzo de 1945 este hombre se convirtió en un héroe nacional, pero su grandeza no fue reconocida a tiempo, por el triste hecho de que para muchos su color de piel no era el “correcto”. Sin embargo, para Carter lo más importante en ese momento era defender a su país y ganar la guerra como sea, así a su raza nadie la defendiera.

Carter corrió junto a otros soldados 150 yardas para llegar a la base de los alemanes y conseguir información clave del movimiento de las tropas. En el camino varios de sus compañeros fallecieron y Carter recibió 3 disparos en su brazo izquierdo.

Siguió corriendo hasta que una de las balas que esquivaba lo hirió en una de sus piernas. No le importó, y nadie sabe cómo pudo seguir luchando después de eso, pero lo logró. Con la mano herida y 4 balas encima, se arrastró hasta llegar a la base de los nazis y allí se enfrentó a 8 alemanes. Mató a 6 y a los otros dos los tuvo como sus prisioneros, con el fin de sacarles la información que fue necesaria para que el 8 de mayo de 1945, los nazis por fin se rindieran y los Aliados ganaran la guerra.

Nadie podía negar que su acto heróico era merecedor de la más grande distinción que hay en la armada de Estados Unidos, la cual tiene como nombre “Medalla de Honor”. Pero el racismo que había era tan grande que ni el gobierno lo reconoció.

18 años después, Carter murió y el reconocimiento que se merecía nunca lo recibió. Solo en 1997 cuando el racismo ya no era tan marcado, el Presidente Bill Clinton admitió el acto heróico que este hombre hizo por la nación.

Su familia aceptó la “Medalla de Honor” que tardó 52 años en llegar, y aunque Carter hizo lo imposible, posible; esa victoria no la pudo presenciar. Presenció la que realmente le importaba, la cual era ganar la guerra y salvar a su patria de una tragedia eterna.

Impresionante. ¿Cierto?

Historias extraordinarias como estas hay varias, pero no las suficientes para transformar el mundo y que cada nación crezca para que la vida en este planeta valga la pena.

Por mi parte solo quiero recordarle que si después de leer esto, usted no encuentra la belleza que hay en la competencia, déjeme decirle que con esa actitud nunca podrá alcanzar la grandeza.

Este mundo se convierte en el lugar ideal para los que nunca se rinden. Y aunque esa frase le parezca un cliché más, es la verdad.

Por último, quiero que se haga esta pregunta: ¿Si todos ellos lograron lo que se propusieron, sin tener las condiciones perfectas para hacerlo, usted por qué no se da la oportunidad de competir y ganar así falle en el primer, segundo y tercer intento?

@IsabellaWills

Isabella Wills De Moya

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