No hay País para los Viejos

el bogotano

Acaban de traernos el mercado a domicilio, salimos a la puerta y les pedimos el favor de que nos dejaran las bolsas simplemente ahí. El sol se cuela a través de los Cerros Orientales y Bogotá parece hoy más hermosa que nunca.

Es el día 20 de nuestra cuarentena familiar, pero ya parece que hubieran pasado más de 100 años; a todos en la casa se empiezan a asomar las canas, no se sabe si por la falta de asistencia periódica al estilista-cosmetólogo-unisex, o como resultado de los variados esfuerzos de contención realizados día a día para mantener ocupadas y a raya a dos fierecitas de otoño que nos piden a cada segundo nuevas ideas, nuevos proyectos, un laboratorio de tareas y recompensas, al mejor estilo de Agatha Christie donde solo es posible conocer el autor del ilícito al final de la tarde cuando el sol se posa sobre el horizonte.

Son muchas y muy variadas las alternativas de ocio que esta cuarentena nos impone, pero tal vez la más bizarra de ellas sea la de asomarnos desde la ventana para mirar (y de paso juzgar) el comportamiento de nuestros vecinos, acaso aprendimos de los mayores a revisar la compra antes de ingresarla a cada apartamento, o a pedir la lista de antecedentes delictivos de cada nuevo habitante de nuestra copropiedad… poco importa. Es la lógica del más fuerte, de una sociedad que se niega a mirarse a sí misma a través de los ojos de sus vecinos y prefiere optar por la censura social, sin más pruebas que el simple mirar por sobre las cortinas, en busca de cualquier señal de indisciplina social.

Quien sabe lo que esta etapa nos traerá, seremos capaces de repensarnos como sociedad o simplemente encontraremos la luz al final del túnel, gracias al espíritu colectivo de superación o básicamente como un brote de generación espontánea, el cual como decía Mario Benedetti, nos conduzca a pensar que “… la perfección no es más que una pulida colección (yo le agregaría corrección) de errores.”  Nadie lo sabe; solo sabemos que somos dueños de nuestro propio destino y que hoy no nos asiste preocupación alguna más que contabilizar con exactitud el dinero del pago del mercado diario, para ponerlo en una mesita al lado de la reja de entrada de la casa, contando con que la falta de indiferencia social, haga las veces de mensajero de buenas noticias y envíe lasvueltas directamente a su legítimo poseedor, descontando de allí el arreglo del antejardín y la barrida de las hojas que se posan en el exterior, para que su enigmático ejecutor simplemente las retire de la misma mesita, el estipendio que considere correcto al quehacer diario de sus gestiones urbanas.

No soy optimista respecto al cambio de rumbo que una pandemia otorgue a los habitantes de este maltrecho planeta, pero sí creo que en cada uno de los que la hemos vivido, surgirá un nuevo, sorprendente y desconocido sentimiento de visión global (o por lo menos barrial) del hecho de considerar que el habitante de la casa del lado (o de encima o de abajo) sí existe, siente, respira y por lo menos a hoy continúa vivo, haciéndonos sentir como un logro máximo el esfuerzo diario de levantarnos a espiarlo por las cortinas, aun a sabiendas de que con su larguísima edad y achaques múltiples, consideraciones menores para el sistema de salud actual, no forma parte todavía de las estadísticas diarias de muertos y contagiados, evitándonos así en todo caso la jartera de pensar que tal vez la próxima víctima pudiésemos ser nosotros o nuestros hijos y, dicho sea de paso, evitándonos pensar que se hubiera podido morir y aun no sabríamos ni su nombre, temerosos tal vez de encariñarnos mucho con el objeto diario de nuestras excursiones matutinas de observación.

Abril 13 de 2020. Por; Juan Sebastian Camargo Twitter; @jscamar

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