Las agencias también: Por Tomás Tibocha

Tomás Tibocha
Tomás Tibocha. En Twitter: @tomastibocha

Hace unas semanas, en medio del furor de la protesta social y del inicio del tercer casi cuarto pico de la pandemia, el diario La República dedicó su editorial a la necesidad de un periodismo más constructivo: contenidos que devuelvan la esperanza frente al devenir del país y sus dinámicas, y la generación de información que vaya más allá del "tradicional enfoque periodístico judicial y de orden público".

El escrito, quizá, sin quererlo siquiera, abrió la puerta a una reflexión sobre el oficio de las agencias de comunicaciones y de relaciones públicas en Colombia; que, valga decir, tras 16 meses desde la llegada del virus al país y de un estallido ciudadano sin precedentes, pareciera haberse quedado con el mismo funcionamiento tradicional de 2019: comunicar resultados financieros e inversiones, cambios en el organigrama, lanzamientos de productos y premios recibidos.

No se puede desconocer, es cierto, que la expresión mediática de las principales empresas y gremios -mediada, mayoritariamente, por oficinas de relaciones públicas- ha jugado un papel primario frente al manejo local de la pandemia. Desde visibilizar el impacto de las estrictas medidas sanitarias en el aparato productivo, hasta comunicar ofertas de empleo y propuestas concretas para sobreponer la actual crisis socioeconómica, la relevancia de la posición privada y sectorial es y ha sido indiscutible.

Sin embargo, y con el ánimo de criticar constructivamente, hay que decir que el grueso de dicho proceder es coyuntural; una consecuencia de un contexto atípico. No existe, todavía, un movimiento claro por transformar proactivamente las comunicaciones corporativas y, lo más probable, es que, así como llegó, se irá.

En términos generales, el diferencial en el sector sigue sustentándose en la misma promesa cuantitativa por posicionar a una empresa: ser el rey del free press. El mercado lo demanda y la oferta, afanosamente, lo da; es en cierto modo un círculo vicioso que, además de sobrevivir la disrupción que trajo la pandemia, está banalizando el componente estratégico de las relaciones públicas.

La bien sabida frase de George Orwell: "periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás es relaciones públicas", difícilmente se puede controvertir, si las agencias siguen siendo reactivas al nuevo escenario social y económico. La dinámica actual es necesaria, por supuesto; sin embargo, requiere de acciones complementarias.

Un camino para empezar, por ejemplo, y que dejó en evidencia la fallida reforma tributaria, es el de redefinir al gerente. Esa imagen del empresario cachetón, que no rebaja coctel, que gana a costa de otros, mira por encima del hombro y llega a las 10 de la mañana a la oficina, sigue muy vigente en el imaginario colectivo y lástima el esfuerzo privado por construir país y superar la polarización. 

Las agencias de comunicaciones, al tener interlocución directa y simultánea con presidentes de compañías, son testigos del empresario de carne y hueso, del que envía correos de madrugada y del que asume como propios los errores ajenos. Desmitificar esa figura es una tarea valiosa, que puede tener grandes beneficios en el complejo engranaje social del país.

Así las cosas, es hora de aprovechar mejor los espacios en medios de comunicación, como las columnas de opinión o las entrevistas en vivo. El free press no es un sustituto de las campañas de publicidad, es una oportunidad para ponerle rostro al empresariado y mostrarlo como una parte esencial y cercana de la sociedad. Las agencias también tienen responsabilidad en la consecución de un periodismo más constructivo; el cambio en la pandemia debe ir más allá de trabajar en pijama y producir desde el sedentarismo.  

*Esta columna es, también, una autocrítica.

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