¡Llano más!: Por Tomás Tibocha

“Esa noticia es vieja”, “ya pasó de moda”, “eso es periódico de ayer”, expresiones que parecieran no aplicarle al departamento del Meta, pues las novedades sobre la vía que lo comunica con la capital del país siguen siendo las mismas de hace años.

De todos los paisajes que hay por ver en la vía Bogotá-Villavicencio, el que termina robándose el protagonismo es el del cierre de la carretera. Así es, paisaje, porque la Cordillera Oriental colombiana y los ríos y quebradas que la acompañan se mimetizan con los permanentes anuncios de intermitencias, cierres o desvíos.

Ya sea por el desplome de un puente, el derrumbe en el kilómetro 58, el regreso de la ola invernal, la celebración de un día festivo o los bloqueos por algún paro nacional, el tramo de escasos 90 kilómetros hacia la capital del Meta tiende a dejar en ridículo el cálculo de las 2 horas y media que arrojan las aplicaciones de movilidad.

¿Cuál Cuarta revolución industrial?, ¿cuál siglo XXI? Viajar al Llano es un auténtico viaje al pasado. Podrá cambiar el logo de la concesión, la tecnología del pago de peajes o las señales de “zona de derrumbe”; manejar hacia el oriente del país se mantiene igual, la misma experiencia, tan igual, como la tradicional arepa de Guayabetal.

Y no se trata de desconocer el moderno entramado de túneles y puentes o la excelencia de la ingeniería colombiana que está detrás de la doble calzada, se trata de quitarle la connotación de normal a un hecho que pone en jaque al corredor que comunica la principal economía del país con la séptima que más contribución genera, por el que circula cerca del 40% de los productos agrícolas que consume Bogotá y por el que se alcanzan a perder $50.000 millones diarios cuando no hay operación.

Adicionalmente, pese a la magnitud económica que está de por medio, vale mencionar que la competitividad de la vía Bogotá-Villavicencio no solo se ve afectada por la fragilidad de su circulación. Esta carretera, al tener 3 peajes, le representa en promedio a cada vehículo que la transita un pago cada menos de 30 kilómetros recorridos.

Tal factor, a su vez, va más allá de la mera cantidad de puntos de cobro, pues, de los 5 peajes más caros para carros particulares que hay en Colombia actualmente, 2 están ubicados en la carretera hacia el Llano: peaje Pipiral, el segundo, con un costo de $18.500; y peaje Boquerón, el cuarto, con un costo de $13.200.

Según un análisis que realizó Ariel Ávila en meses pasados, en el que se refirió a la situación de esta ruta, “el porcentaje del aumento del valor de los peajes fue más alto que el porcentaje que subió el salario mínimo”. Un hecho que, sin duda, termina de consolidar un ecosistema adverso para el desarrollo social y económico del Meta y Cundinamarca.

Así las cosas, en medio del diálogo sobre la reactivación del país, elevar la competitividad de este corredor estratégico hacia la región oriental debe ser un punto al que no se le puede dar más largas. Bogotá y el Llano merecen un corredor vial confiable, uno que estimule el turismo y el intercambio comercial, uno que de placer recorrer. La complejidad geológica de la zona y los bloqueos no pueden ser más la excusa para desconectar a estos 2 territorios; Colombia necesita de un Llano más cercano y dinámico, un Llano más amigo. Colombia necesita más Llano, ya no más cierres.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *