La receta diabólica. Por: Antonio Ledezma

Es más que descarada la técnica de la infiltración que se viene aplicando en el cuerpo de lo que se llama oposición en Venezuela. Fue una operación diseñada en Cuba y que tiene por fin primordial inocular los espacios ocupados por directivos que toman decisiones relacionadas con la agenda de acciones, tales como protestas, marchas, debates parlamentarios y agenda internacional. El propósito es estar al tanto de todo cuanto se discute y resuelve en los centros de poder de la oposición. Por lo tanto no hay plan o proyecto de acciones de los que no estén plenamente informados los cabecillas del régimen.

Para tales efectos la dictadura que impera en nuestro país se vale de la figura del “topo” que hace el papel de mejor amigo, relacionándose con personas que fungen de dirigentes o allegados de los núcleos de poder opositores. Así van procurando la colaboración premeditada o en algunos casos involuntaria, según haya sido el nivel de infiltración para controlar a determinados directivos. Las razones para que un directivo llegue al perverso papel de colaborador voluntario van desde las económicas, morales o de estricto índole personal. La dictadura estudia cada caso, evalúa las características del directivo seleccionado a penetrar, para poder establecer cuáles son sus vulnerabilidades.

Seguidamente entran en acción los operadores del financiamiento. Son los encargados de suministrar los dineros sucios para domesticar a uno que otro directivo que es beneficiario de las prebendas que le permitan cubrir costos de logística para giras, elaboración de franelas, gorras, afiches, material POP, impresos, gastos publicitarios y una remesa mensual para pagar la nómina de activistas. Los financistas ya no son simples testaferros o agentes económicos, han pasado a ser parte de la célula que define estrategias políticas. Ya no se conforman con amasar fortunas, sino que pretenden acumular poder político. Colocan sus fichas como diputados, rectores o magistrados en el CNE o el TSJ respectivamente. Son los que engatusan a más de un frágil directivo “opositor” para que se lance a lo que sea, con tal de enchiquerar las aguas de la oposición. La máxima de “divide y vencerás” sale a flote en medio de esas andanzas de los operadores del financiamiento. Por esa vía también logran desprestigiarlos y además que cunda el desánimo y la decepción en las filas de la ciudadanía que resiste.

En medio de esas relaciones signadas por el flujo de dineros fétidos se va consolidando una relación de complicidad. Es así como el infiltrado y financiado se compromete a filtrar datos de todo cuanto de discute en el seno de los cuadros directivos. Con lujo de detalles precisa como opinó cada quien en los debates y progresivamente, según la posición que ocupe, se presta a otorgar a los testaferros cartas de buena conducta desde la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional, a participar en periplos por el mundo pidiendo que se levanten las sanciones a la dictadura, elogiando los métodos del dialogo y abogando por “la reinstitucionalización del TSJ, del CNE” y que por lo tanto un juicio en la Corte Penal Internacional no tiene razón de ser porque “en Venezuela funciona el debido proceso y las víctimas tienen derecho a la defensa”.

Otro elemento de esa receta diabólica es la impunidad con que cuentan todos los complotados. Saben que pueden cometer sus fechorías, que van desde matar, robar, secuestrar, traficar, violar y cualquier otro delito, y no les pasará nada porque los cubre esa manta sórdida de la impunidad. En Venezuela el poder judicial es una herramienta que manipulan a su antojo los jerarcas de la dictadura. Ya se sabe como se seleccionan los jueces y como se dictan las sentencias.

La pócima más diabólica es la amoralidad. Por eso prestarse a recibir los símbolos asaltados a los partidos políticos a los que pertenecen, es algo que se traga con un simple salivazo. Cambiarse de bando, como lo hicieron diputados elegidos con la tarjeta de la oposición, que de repente aparecieron instalando su particular fracción parlamentaria y aplaudiendo a Maduro, no es un pecado sino un giro pragmático que les coloca en la mesa de la fortuna mal habida.

Esa es la tragedia que padecemos y de la que urge salir. Esa alquimia que se deriva de la mezcla de Infiltrados, financiados, cómplices, comprometidos, impunes y amorales, es la que hay que desbaratar y para ello se requiere de ciudadanos dispuestos a cambiar las cosas, a no seguir avalando con su ingenuidad o con su silencio e indiferencia semejantes conductas.

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