La niña de los zapatos bien puestos: Por Martín Jaramillo Ortega

Martín Jaramillo

La historia de la estudiante que nos dio clases a todos.

A mediados de febrero fue noticia en el país el caso de Salomé Vergara, una estudiante del Liceo Pedagógico Madrigal, colegio privado del barrio Arborizadora Baja de Ciudad Bolívar, en Bogotá. La noticia fue viral porque a Salomé le negaron la entrada a la institución educativa debido a que no tenía tenis blancos, como lo exige el manual de convivencia del colegio.

Según cuentan los padres de la estudiante, no habían podido comprar los tenis ya que tuvieron que incurrir en muchos gastos al momento de inscribir a su hija en uno de los colegios privados de la localidad. Ciudad Bolívar es una de las localidades capitalinas en las que hay más demanda por cupos en colegios públicos, razón por la cual muchos de los padres se ven obligados a matricular a sus hijos en colegios privados. Los cupos no dan el abasto necesario.

Muchos medios de comunicación aseguraban que habría que preguntarse qué tiene mayor peso, si el derecho a la educación por parte de la estudiante, o el correcto uso del uniforme que ampara el manual de convivencia del colegio. Pero ¿realmente hay que preguntárselo? Creo que el argumento de no poder estudiar por no tener el par de tenis blancos que exigen se cae de su peso.

Ahora bien, casos como estos hay varios. En nuestro país fue noticia hace casi cinco años el caso de unos hermanos, también en Ciudad Bolívar, que viviendo en la misma casa y estudiando en el mismo colegio, no podían ir juntos a estudiar. ¿La razón? Sólo tenían un par de zapatos. El hermano menor estudiaba en la jornada diurna y hermano mayor lo esperaba en la casa para cambiarse y poder ir a estudiar, con el único par de zapatos de la casa, en la jornada nocturna. Hay una película iraní, Los niños del cielo, primera película iraní en ser nominada por la Academia para la categoría de ‘Mejor película de habla no inglesa’, y que perdió la estatuilla con La vida es bella, dato no menor, que cuenta esta misma historia: dos hermanos que viviendo juntos asistían al colegio en jornadas distintas porque de no ser así no tendrían cómo irse, y aclaro que era caminando. Logramos volver realidad la película y no en Teherán sino en Bogotá. Eso no es realismo mágico.

Más aún, nuestros deportistas -a quienes tanto les exigimos- son hechos a mérito propio y con las uñas. He visto cómo en la Fundación Fútbol Pazífico, en Tumaco, cuna de grandes glorias del deporte colombiano, entrenan fútbol con guayos más pequeños a su talla, más grandes, con zapatos de oficina o incluso sin guayos.

Por otro lado, recuerdo a un gran profesor en el colegio que amenazaba a sus alumnos más inquietos con que nos dejaría viendo clase al estilo de Marco Fidel Suárez. Aquel expresidente colombiano que, según cuenta la leyenda, atendía a las clases del colegio desde el otro lado de la ventana del salón ya que no tenía cómo pagar la entrada a las mismas. Un caso que ha sido toda una apología nacional a la superación personal.

Para terminar, y volviendo al caso de Salomé -a quien dejaron viendo clase como al expresidente Suárez, en pleno siglo XXI- la noticia fue tan viral que la estudiante habló en el programa 6AM Hoy por hoy de Caracol Radio, con Gustavo Gómez. Luego de estar avanzada la entrevista, el periodista le contó a Salomé que habían recibido en la emisora varias solicitudes de personas que querían donarle un par de zapatos a ella, ya que no tenía. La alumna -que acá tuvo el papel de profesor- contestó que, si bien no tenía los tenis blancos exigidos por el colegio, ella sí tenía zapatos y que, por esto mismo, sí recibiría las donaciones pero para dárselas a quienes no tengan zapatos; blancos o no. Esta ‘donatón’, como la llamó ella, ya está en proceso.

La estudiante Salomé Vergara nos terminó dando clases a todos y con los zapatos bien puestos.

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