¡Es Hora de Actuar por Nuestro Futuro!

el bogotano

Hoy en día y de manera paradójica, se quiere vivir de la misma manera que se ha hecho durante años: abusando y usurpando la libertad de la naturaleza para llevar a cabo actividades dañinas que se han vuelto parte de nuestra cotidianidad. El medio ambiente requiere de intervención inmediata si queremos un futuro que se asemeje a los paisajes de hoy, a la melodía selvática de ensueño y a la infinitud marina que ningún libro jamás podrá narrar. Sin darnos cuenta estamos destruyendo lo que nos permite vivir, pues día a día nos estamos asfixiando con una soga invisible llamada calentamiento global que nosotros mismos pusimos en nuestro cuello y la cual inconscientemente apretamos más y más con cada paso, pensamiento y acción que materializamos. Nos estamos ahorcando y debemos tomar consciencia de ello lo antes posible si no queremos morir.

Sin embargo, la verdad, contradictoria, es que hoy en día suspiramos de indignación ante la avaricia de unos, la desconsideración de otros y la inhumanidad de muchos frente al trato dado a la naturaleza, a sus recursos y a los animales, sin darnos cuenta que somos cómplices de ellos. Tenemos que reconocer que el silencio y la falta de acción también matan. Pero, de igual manera, debemos reconocer que el problema en términos ambientales va más allá, pues nosotros mismos somos los asesinos. Cada ser vivo que ha muerto a causa del calentamiento global y la contaminación sin precedentes; cada desastre natural presentado de manera súbita; cada especie extinta y cada animal aniquilado por el plástico presente en su organismo, es responsable directo de cada uno de nosotros, y negar este hecho resulta ya absurdo.

En la actualidad, urge preguntarnos ¿qué sueños, qué metas y qué objetivos le están dando propósito a nuestra vida? ¿Con qué fin? Y ¿a qué costo? Pues el tiempo del que disponemos lo estamos destinando a satisfacer intereses personales y a perseguir sueños que en el fondo son vacíos y superficiales –en muchos de los casos– y que nos llevan a la autodestrucción sin saberlo. Resulta inquietante que nuestro accionar ni siquiera está encaminado al beneficio personal ni contempla el devenir del mundo. Además, es preocupante que la compasión, la ayuda y la acción en beneficio de un bien común, sea una conducta reservada a una porción reducida de la raza humana, y la cual se ha empezado a extinguir de manera paulatina de la mano de los Rinocerontes Negros del Oeste Africano (extinto en 2011), el Delfín Blanco Baiji (extinto desde 2002), el Ibex Pirenáico (extinto en el 2000), el Guacamayo Azul (en 2018), la Tortuga Gigante de Pinta (2012), el Pura Oriental (2018), la Foca Monje del Caribe (2008), el Rinoceronte Vietnamita (2009), el Zampullín (2011), y el Murciélago de la Isla de Navidad (2009) –solo por nombrar algunos–.  

De seguir como venimos, en donde se añora la consecución de logros que ignoran por completo lo que realmente importa y se actúa siéndole indiferente a la realidad medioambiental que vivimos en la actualidad, lo único que estamos causando es acortar el tiempo del que disponemos para vivir y respirar en un mundo biodiverso y natural, en donde los peces inundan los mares y las aves acaparan nuestros cielos. Respiremos el aire de hoy, en tanto el amazonas aún posea árboles y la cuenca del Congo viva; corramos sin descanso por el campo mientras la vida cante y los ríos fluyan. Pero respiremos YA, porque no nos resta mucho tiempo, y corramos AHORA porque la vida ha empezado a callar. Años atrás la naturaleza pedía a gritos ayuda; se cansó de esperar por ayuda y decidió conformarse en gritar para ser simplemente oída: tampoco logró su cometido. Actualmente su voz se escucha quebrada, afónica y desesperanzada; se ha cansado de gritar y sabe que no podrá seguir haciéndolo por mucho tiempo. Mientras tanto, nosotros seguimos ignorando su llamado. ¿Hasta cuándo? 

 Cada segundo que pasa, la naturaleza, los seres vivos que la componen y el medio ambiente en el que vivimos, sufren más daño como consecuencia directa de la irresponsabilidad de TODOS nosotros: de nuestra falta de consciencia. Ignoramos que somos responsables de cada decisión de nuestra vida y que cada acto tiene implicaciones no solo en la vida de uno mismo, sino en la de los demás. Es increíble que sigamos financiando y promocionando, por medio de nuestro consumo, la producción anual de más de 381 millones de toneladas de plástico que anualmente matan a más de un millón de animales marinos; causa que el 70% de los peces hayan ingerido plástico al menos en una ocasión, y que, además, tan solo el 9% de dicho material se haya reciclado a nivel global, partiendo de los datos publicados por la organización Save the Reef. ¡Es simplemente absurdo! Más aún cuando nos damos cuenta, sin resquemor a fallar, que la problemática ha pasado del desconocimiento a la indiferencia…

Sin embargo, eso no es lo peor. Lo peor es que nos ponemos una venda en los ojos y nos atamos las manos y los pies pero no la boca, para vivir como espectadores e “incapacitados” frente a una realidad que decidimos no ver con claridad y apartar la mirada ante cualquier signo de sufrimiento: preferimos no actuar. Pero, eso sí, sin dejar de gritarle al mundo que es injusto vivir como se vive, aunque sin admitir que fue por decisión propia. Renegamos la realidad en la que vivimos cuando dicha realidad puede ser transformada por mis propias acciones decisiones y las de los demás.

La mayoría de nosotros nos quedamos inmóviles, expectantes, indiferentes e ignorantes ante lo que día a día pasa tanto a miles de kilómetros de nosotros como a tan solo pocos metros de distancia de donde reposamos. Es simplemente indignante que volteemos la mirada y no hagamos absolutamente nada ante cada rinoceronte o elefante asesinado por sus cuernos (según National Geographic anualmente se asesinan a 1000 rinocerontes y a 20,000 elefantes para dicho propósito); cada hectárea deforestada (en el 2017 se deforestaron 15,8 millones de hectáreas según el Global Forest Watch); cada tortuga muerta por culpa del plástico ingerido (más de 1000 tortugas mueren al año por esta causa partiendo de lo arrojado por el estudio Endangered Species Research); cada aleta de tiburón cercenada (por año se cercenan entre 26 y 73 millones de tiburones según la organización europea Oceana) y por cada animal muerto (teniendo en cuenta el informe ‘Planeta Vivo’ publicado por WWF en los últimos 40 años la tierra ha perdido el 58% de sus animales). Estamos sentados observando un horizonte que es visto a partir de una sola perspectiva: la nuestra; la de nuestros sueños; la de nuestras ideas; la de nuestros pensamientos y la de nuestros intereses, sin jamás considerar los sueños, ideas, pensamientos e intereses de los demás; de aquel que tengo al lado; de aquel que no puedo ver pero soy consciente de su existencia; de aquel con el que me es imposible hablar pero que hace parte del mismo mundo al mío.

Quitémonos las vendas y ataduras e iniciemos un cambio en donde la naturaleza –esa misma que nos permite respirar y sin la cual ninguna de nuestras aspiraciones podrían ser posibles– sea el pilar de nuestra conducta y motivaciones. Soñemos con cambiar el mundo y recuperar lo que estamos perdiendo.  Optemos por evitar comprar y utilizar el plástico en cuanto sea posible; frecuentemos negocios eco-amigables y lugares de comida que le digan no a las pajitas plásticas (pitillos); reciclemos y empleemos bolsas reutilizables; compremos productos a granel; no consumamos chicles ni productos desechables y hagamos uso de nuestro dinero de manera inteligente esquivando el consumismo y la contaminación. Tomemos consciencia de la situación que vive el mundo marino actualmente y actuemos de la mano con las necesidades del medio ambiente y sus ecosistemas. Puede que ignoremos que el 70% del oxígeno que respiramos proviene del océano y que el 25% de los pescados del océano dependen de arrecifes saludables; y puede que desconozcamos que medio billón de personas necesitan de los arrecifes para conseguir alimento, ingreso y protección, o peor aún, que no sepamos que los arrecifes se están muriendo y el 70% de ellos han empezado a blanquearse –lo que implica que están próximos a morirse– (datos obtenidos de Save the Reef). Pero ahora que lo sabemos, cuidemos nuestro mundo, nuestra diversidad, nuestra vida y nuestro futuro; de lo contrario para el año 2050 habrá más plástico que peces en el océano. Si vamos a ir al mar, compremos un bloqueador que sea eco-amigable y que no los afecte, y si vamos a vivir optemos por vivir en consonancia con la naturaleza y no en una constante batalla por dominarla; pues al hacerlo estamos perdiendo una guerra llamada “vida”. 

De manera errada e ilusoria, estamos convencidos de que siempre resta tiempo para actuar y terminamos delegando dicha responsabilidad a otras personas e incluso a generaciones futuras, cuando la realidad es que debemos actuar ahora o ‘callar para siempre’ –literalmente-, pues el tiempo corre, la cuenta regresiva está llegando a su fin y no hay botón de reinicio. Vivimos en medio de la mayor ola de pérdida biológica que ha sufrido el planeta tierra desde la desaparición de los dinosaurios y, sin embargo, seguimos abusando de la tierra, de sus recursos, de los seres vivos que la componen y de nuestro propio futuro, con el fin de satisfacer ciertas dependencias que el ser humano ha creído necesarias, pero que resultan simplemente  ridículas y  paradójicamente  innecesarias.

No creemos, de manera errada, que en nosotros y en nuestras acciones radiquen los problemas y las mismas soluciones. Se piensa que siempre hay alguien más culpable que yo por la situación vivida y que siempre hay alguien, que no soy yo, que posee la solución de algo que aparentemente se sale de mis manos. Qué tal si empezamos a mirar los obstáculos de hoy y las avalanchas que se avecinan en un mañana a partir de lo que yo puedo hacer para resolverlas o, mejor aún, evitarlas. Qué tal si empezamos a pensar como sociedad; como nación sí, como colombianos, por supuesto, pero partiendo de la idea de que nuestras acciones tienen consecuencias en la sociedad del mundo, y que nuestras decisiones pueden impactar a miles de kilómetros de donde estamos.  Aprendamos a valorar la majestuosidad de un mundo que nos sigue sorprendiendo día a día y nos deja sin palabras con sus atardeceres y vistas de postal. Agradezcamos, en cada pincelada de vida, la presencia simultánea de belleza, perfección y unicidad. Actuemos por un mundo que necesitamos y que hoy nos necesita a nosotros, y redimámonos de manera conjunta actuando en beneficio de un bien común: la preservación de la naturaleza.   Por último, resta decir que valen más cien pájaros volando que uno en mano, pues vale más la libertad que la privación de la misma. ¡No podemos olvidar eso nunca!

3 de Julio, 2019 - Carlos Esteban Arciniegas.

Twitter: @Cesteban

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